“Intenté hacer visible la fuerza de la vida, la intensidad de los cristales, la energía del fuego. Siempre consciente de que respiramos en el inmenso espacio del cosmos.”
“Para ellos, a los que les falta todo, los que tienen hambre, la Tierra no es bella. Hagamos todo, hagámoslo con ellos, para que el mundo se vuelva hermoso y la vida digna de vivirse.”
Ernst Saemisch nace Moers, Alemania central, en 1902. Su niñez transcurre cerca de Friburgo, en el pueblo de Güntherstal, al borde de la Selva Negra. Ahí inicia esa estrecha relación con la naturaleza que lo acompañaría durante toda su vida, nutriendo su quehacer artístico y sus concepciones sobre el arte. El hogar paterno le proporciona también un anclaje natural en la tradición cultural europea. Su padre, Moritz Saemisch fue ministro de Hacienda durante la República de Weimar. Su madre lo inició en la pasión por la creación artística. Un día se quiebra el idilio familiar: la Primera Guerra Mundial había estallado. Su padre lo lleva a repartir medicinas en los improvisados hospitales de campaña. Ernst siempre le agradeció esta temprana y cruel experiencia, con la convicción de que la capacidad creativa debe templarse en la confrontación con la realidad. En la Navidad de 1917 muere su madre.
Ingresa a la escuela internacional de Suoz, en Suiza. En ese ambiente de amplitud y libertad mitiga el dolor de la orfandad un encuentro con Einstein, quien lo invitó a un largo paseo en esquí, avivando el recuerdo de las reuniones con Haber, Nernst y Heisenberg en el hogar paterno, que marcaron su creación y su pensamiento. La visita a una gran exposición de la nueva pintura francesa, en Zurich, le causa tan profundo impacto que se decide por la pintura como camino de vida. El movimiento expresionista deja una impronta de toda la vida en su concepción del arte y su creación. De regreso a Alemania, en 1919, la encuentra marcada por años de guerra y derrota. La crisis económica lleva a Saemisch a iniciarse como escritor, publicando artículos y ensayos sobre cultura y política. Y pinta y hace grabados.
Ingresa a la Academia de Arte de Kassel, de donde es expulsado por las acerbas críticas de Saemisch al academicismo reinante. En esta escuela, empero, el encuentro con un pintor chino tiene importantes consecuencias para su quehacer artístico. Saemisch mismo relata: “a su lado, empecé a sentir la totalidad en que se sustenta la gran cultura china; a conocer su arte, especialmente la pintura a tinta, tan espiritual, a veces de un delicado lirismo; aprendí a distinguir la maravillosa sensibilidad de la línea que somete a la fuerza del vacío”. Desde entonces, irá profundizando su vínculo oriental, concretado en el empleo preferencial del pincel, la tinta y el papel japonés. El camino que ahora se le abre es hacia la recién fundada Bauhaus, en Weimar. Aquí encuentra el clima espiritual y humano preciso para fortalecer la búsqueda en la que se encontraba comprometido, iniciando la conquista de ese amplio espacio entre la pintura de la figuración y la pintura abstracta. En la convivencia con Klee, Feininger, Gropius, Itten y ocasionalmente con Kandinsky, resguardado por el espíritu comunitario de signo medieval de la Bauhaus, profundiza en la libertad interior que lo llevó al encuentro de su propio estilo.
En una súbita visita a Hamburgo lo seduce la amplitud del mar y se embarca como marinero en uno de los últimos barcos mercantes de vela, desde Escandinavia hasta África del sur. En el comedor de la embarcación circulan sus bocetos diarios de mano en mano. En esta comunidad encuentra profundizado el espíritu de solidaridad que lo había respaldado en la Bauhaus. “Es esta una época maravillosa y única, en cuyo marco me fui formando como pintor”. De regreso a Berlín empieza a exponer sus trabajos y se sumerge en la efervescente vida cultural de entonces. Ejercitándose como periodista, viaja por Europa, la Unión Soviética y África del norte.
Nada más ajeno a su visión del mundo que el irracionalismo y el nacionalismo del nazismo. Debido a la crisis económica que dificulta exponer y publicar, opta por un trabajo fijo en la agencia noticiosa de Alemania (Wolff Telegraphisches Büro, más tarde Deutsche Presse Agentur), donde pronto ocupa el cargo de director de la Sección Extranjera. Vive con dolor el deterioro de la vida intelectual y artística de Alemania. Su espacio vital se constriñe cada vez más. Luego viene la amenaza que le impide pintar. Finalmente, su situación es insostenible debido a su estrecha amistad con la comunidad judía. Con la intervención de compañeros en el extranjero, se hace posible su traslado al frente de guerra en Finlandia, bajo las órdenes del mariscal Mannerheim. El año de 1945 trae un giro a su vida, “esta vez maravilloso hacia la libertad, en el arte y como hombre”, que suaviza la huella imborrable de los terribles años. Las tremendas presiones económicas, que lo llevan a cultivar tabaco en la casa paterna de Güntherstal para subsistir, no le impiden pintar incansablemente infinitas variaciones sobre un mismo motivo. Se va decantando su estilo. Realiza exposiciones en Friburgo y Zurich.
En 1955 cambia su lugar de residencia a Sommerhausen, en Alemania central. En el cobijo que le da la vida cotidiana de este lugar, logra cuadros de gran belleza. Hay serenidad tanto en las formas como en el color. “Quiero simplemente lograr una mayor transparencia y revelar la armonía o el antagonismo de las fuerzas de la existencia”. Más allá de la figuración, se entrega a la búsqueda de la estructura interna del cuadro. En este proceso de realización encuentra en Cezanne a su más íntimo acompañante. “Faire la musique devant la nature” es el leitmotiv que conduce su inspiración, leitmotiv que ha derivado del lema de Cezanne “Faire l’ordre devant la nature”. Frecuentemente interrumpe su estancia con incursiones a los severos cantos rocosos de los Alpes austriacos, haciendo recreaciones de una fina abstracción: “Siento el impulso de llegar hasta el orden íntimo de las cosas; un orden anterior a toda estética; un orden relacionado con la genealogía del hombre”.
Atraído por la intensa vida cultural de la ciudad de Munich y la presencia de importantes viejos amigos, como el filósofo Fedor Stepun, fija su residencia en esa ciudad. Expone en la galería de Günter Francke; sostiene relaciones con la Sociedad de Amigos del Arte Moderno, que dirige Franz Roh. Después de la resonancia que despierta el ensayo de Ernst sobre el libro La mortalidad de las musas, recibe múltiples invitaciones a escribir en revistas, periódicos y para la radio. Simultáneamente asume la dirección del teatro recién fundado Uraufführungsbühne.
Una de sus visitas a museos le procura la experiencia que prepara un gran viraje en su vida: es la exposición en Munich de arte precolombino, que lo “cautiva por la intensa espiritualidad con que es transfigurada la existencia humana y puesta en una conexión cósmica”.
Contrae matrimonio con Gertrudis Zenzes, mexicana, y en 1964 se traslada a la “conmovedora tierra” de México. Aquí, “en el encuentro con sus misterios”, lleva una existencia de retiro dedicado a la pintura y a la exploración intelectual. Radica en el viejo pueblo de Valle de Bravo. Ahí creció su hijo Canek. Por él albergaría un gran amor, una profunda devoción y respeto, y un deseo de no interferir en su natural despliegue. En el nombre de su hijo se juntarían los dos cauces de su raigambre al mundo: Alemania y México.
En las soledades de la Tierra Caliente, con su “fuerza ardiente sometida a formas”, abandonado al poder del sol, se enfrenta al silencio de las ondulaciones montañosas únicamente con su caja de tintas y acuarelas. Con frecuencia, un ruido conciso y seco lo saca de su ensimismamiento. Ya no hay sobresalto pues se le ha vuelto familiar: es la serpiente que sigue de largo. Desde entonces –durante años– lo persigue la imagen de la serpiente erguida. En múltiples bocetos va prefigurando la serie de cuadros (pasteles, carbones, tintas y óleos de los años de 1966 a 1970), realizando variaciones sobre el tema: “El hombre y la serpiente”, donde el hombre duerme y la serpiente vigila. Son cuadros con hondas implicaciones metafísicas alimentados por su devoción a la concepción del mundo prehispánico.
Alternadamente trabaja de manera incansable en Valle de Bravo o en la Ciudad de México, en los cerros de Contreras. A cada obra terminada le preceden cientos de dibujos con los que profundiza en la búsqueda de la esencia. Ello no lo aleja de su enfrentamiento a la realidad política y social. Siguiendo siempre la advertencia de Klee, de que un pintor que no lea el periódico todos los días se olvide de ser pintor, sigue con horror la imposición dictatorial en Latinoamérica. A partir de 1982, Ernst radica en la Ciudad de México. Está muy enfermo, pero su intensidad espiritual y su jovialidad no se han quebrantado. Por invitación del pintor Alfredo León, Ernst se hace cargo de la enseñanza de un grupo de jóvenes pintores de Tepito. Con gran cariño, con verdadera ilusión hace acopio de energía para desplazarse semana tras semana hasta Tepito. “Trabajar como viejo entre estos jóvenes es un gran regalo de la vida, por el que estoy muy agradecido”. Asume como cometido fundamental de su tarea despertar la confianza en la libertad de crear. El grupo le propone una muestra retrospectiva en el barrio. Esta exposición le significa “salir del estrecho círculo elitista del arte y tal vez –es el inicio de la primavera- el comienzo de otra fase de mi larga vida”.
La enfermedad avanza. Son los últimos meses de vida. Ernst trabaja sobre sus últimas pinturas, busca el camino de la más profunda libertad. Su trabajo se ve interrumpido por una gran crisis de salud que lo lleva al hospital. A su regreso, otra vez toma el pincel. Inicia la serie “Cosmos” y logra lienzos inconclusos de una serena belleza que apuntan a una armonía en la que el movimiento, paradójicamente, deja de serlo. En el inicio de este nuevo recorrido cósmico lo interrumpe la muerte.