Presentación
La pintura de Ernst Saemisch me ha hablado de diferentes formas desde que la conocí hace treinta años. Fue a través de distintas exposiciones, de la convivencia con la familia Saemisch y, sobre todo, del privilegio de escuchar algunas de sus historias en la voz de su esposa Gertrudis Zenzes.
Su pintura me mostró una búsqueda personal y una evolución estética, necesariamente permeada por las experiencias que vivió al transitar por algunos de los capítulos más devastadores y transformadores del siglo XX. Me resultó fascinante entender el camino que lo llevó del arte figurativo al abstracto, impulsado por una inquietud fundamental: descifrar la esencia de las cosas y, en la cercanía con la naturaleza, su propio lugar en el mundo.
La obra misma me guio por el relato que había que contar y su vida sirvió como hilo conductor de esta exposición.
La narración comienza con las exploraciones de un joven, en la década de los veinte, que capturan la vida cotidiana en la Alemania de la posguerra y la reflexión pictórica del dolor por la muerte de su madre unos años antes. Su paso por la Bauhaus de Weimar y el encuentro con nuevas realidades al embarcarse como marinero en uno de los últimos barcos mercantes de vela. Durante este periodo es evidente la influencia del expresionismo en su trabajo, donde la fuerza de los trazos enfatiza las emociones.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial profundiza en las vivencias del dolor y en las atrocidades cometidas por el nazismo. Este es el punto de partida para una introspección más amplia sobre el horror con una serie de obras de temática oscura.
La evolución del arte figurativo a formas más abstractas se observa de manera clara en la tercera sala, titulada La búsqueda. Es interesante que, en el tiempo que siguió a la reflexión sobre el dolor y la guerra, las obras se despojan de figuras humanas; es el pintor poniendo distancia de quienes cometieron estos actos. Al comienzo de esta sala hay un conjunto de paisajes urbanos, sitios desolados y melancólicos donde las personas ya no tienen cabida. Como si se tratara de un paneo cinematográfico, que inicia con un plano abierto que muestra claramente los espacios para luego cerrar el foco en los elementos de la naturaleza, deja de lado a la ciudad hasta perderla. Ahora el centro es un árbol cuyas hojas adquieren protagonismo para convertirse en el todo como si fueran vistas con un lente corto.
En la siguiente sala, la naturaleza es la protagonista de su obra, se convierte en su refugio y en ese entorno familiar ―la Selva Negra, los viñedos en Sommerhausen y los Alpes― la abstracción se vuelve más arriesgada, las referencias concretas se van desintegrando en una interpretación más subjetiva y madura. Los dibujos al carbón de esta época crean una atmósfera casi vivencial, con trazos vigorosos contrapuestos a la blancura del papel. La obra Sombras de los pájaros en la nieve es como una premonición, después de años de no representar figuras humanas o animales se aproxima al tema con las sombras que las aves producen sobre las rocas, como si nos anunciaran la etapa que está por venir: siete años dedicados a producir teatro en Múnich durante los cuales deja de pintar.
Es entonces cuando irrumpe en su vida el amor y el llamado a una nueva aventura de la mano de Gertrudis, una estudiante mexicana que revive en él la temprana fascinación que tenía, desde niño, por el arte prehispánico descubierto en un libro que le dio su padre. Juntos, Ernst y Gertrudis, emprenden el viaje a México y será en ese barco en donde comenzará a pintar de nuevo.
En el estilo de Saemisch es visible un antes y un después de su llegada a tierras mexicanas. A medida que se va nutriendo de la cultura y de los paisajes, su imaginario se puebla con nuevos habitantes. El ser humano vuelve a su pintura y no a través del dolor, sino en armonía con la naturaleza, en un tono de misticismo optimista. Su obra adquiere una paleta más cálida, distinta a la que había utilizado hasta ese momento.
Los sujetos en sus piezas adquieren una calidad casi fantástica, de seres mitológicos. Es notable cómo el color de la obra cambia y se vuelve más intenso. En las series Pesca y Pesca maravillosa, plasma la escena cotidiana donde los pescadores en Veracruz lanzan las redes al agua, la luz que se refracta de las escamas de los peces los baña de color y termina por convertirlos en figuras triangulares.
La serie Abstracciones geométricas es resultado de la madurez que fue adquiriendo como artista. Son obras únicas que no parten de una sucesión de reflexiones sobre un tema, sino que nacen desde la libertad propia de la forma y el color.
Como cierre de la exposición, la serie Cosmos es una invitación a la contemplación. Se trata de un conjunto de obras que transmite calma y reconciliación con el universo del que somos parte. A lo largo de su búsqueda formal y de su búsqueda espiritual, se fue despojando de formas concretas y de certezas. Para él, cada obra era un salto al abismo y, estas últimas, son el resultado de quien ha entendido a la abstracción como un ejercicio fundamental de libertad.
En este trayecto descubrí a un artista profundo y riguroso, coherente con su tiempo y con sus principios. Su legado es un vehemente testimonio del poder sanador del arte, no solo para quien lo contempla, sobre todo, para quien lo crea.
Eugenio Caballero
Curador